El súper poder de convertir los cardos de la vida en girasoles de Van Gogh

María Cristina tiene 72 años, es argentina y vive entre Madrid y Málaga. Padece un cáncer desde hace cuatro años. Vio morir a su marido por culpa de un mesotelioma. Su hijo Rodrigo se suicidó tirándose a las vías de un tren y otro de sus hijos es bipolar. A pesar de todos los varapalos, sigue pintando acuarelas a todo color. Dedica su vida a acompañar a enfermos en cuidados paliativos y a transmitir que “la vida es un drama solo si se mira como un drama”. Contra todo pronóstico, se siente “una mujer privilegiada acostumbrada a aprender del dolor”. En su vida no hay lugar para el luto. Su historia son muchas páginas de cómo “enfrentarse a las tragedias sin hacer tragedia”, un súper poder tan humano como esta heroína sin capa que sobrevuela trascendiendo la vida con sus turbantes de alegría

La historia de María Cristina es en blanco y negro, pero con sonrisa a color.

Julio ardiente en Madrid. Hospital Infanta Sofía, San Sebastián de los Reyes. Torre 1, planta de Oncología, habitación 522. María Cristina González Romero tiene el cuerpo lleno de llagas en mitad de un tratamiento experimental y lleva nueve días ingresada en su segunda casa. Hace cuatro años le operaron de un cáncer de riñón, y desde entonces va y viene, avanza y retrocede, golpea dura o queda tendida sobre el ring.

Mientras los médicos observan por el retrovisor la posible conquista de la metástasis, ella mira por la ventana bañando su rostro de luz de verano. Apoya una pierna escayolada sobre el sofá de escay. Le brillan los ojos de ganas de vivir. En dos horas de sonriente conversación, escribe su propia historia clínica personal.

Imagínense un campo seco de cardos borriqueros en agosto. O una cuesta arriba de cerca de 72 años de duración sin tregua para respirar. O un imán para las tragedias. O un túnel sin esperanzas de luz. O la personificación de la claustrofobia vital. Estos son los datos objetivos.

“María Cristina me quiere gobernar” suena en sus oídos de niña tímida. Buenos Aires, campo abierto, años 50.  En nueve meses mueren tres de sus tios en fúnebre cadencia trimestral por culpa de una cardiopatía enquistada en el ADN de su familia paterna. A los 48 años en punto, ¡pum! ¿El próximo será papá? Tensión, entierros, sonrisas de fe y lágrimas. “No éramos ajenos al duelo. Era algo doloroso, pero normal. En mi casa no se ocultaba la muerte”.

A los 17 años, a María Cristina se le muere su abuelo. Un cáncer asesino lejos, aún, de los avances paliativos, le deja el cadáver entre sus manos. Y embarazada de su tercera hija, pierde también a su padre: “Fue muy duro, pero pronto aprendí a quedarme solo con lo precioso de la vida de papá”. Dos hermanos más al hoyo. De nuevo, el árbol genealógico con las raíces envenenadas hace estragos: a los 48 años, dos corazones jóvenes estallan sin piedad.

María Cristina tiene 72 años
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